Argentina 1990

El final de un ciclo. Después del XI Campeonato del Mundo se romperá un gigante (Yugoslavia), caerá otro (URSS) y Estados Unidos decidirá acudir a las competiciones con jugadores NBA.

XI CAMPEONATO MUNDIAL DE BALONCESTO

COPA JAMES NAISMITH

Argentina 1.990 (8 al 19 de Agosto)

 

Si la edición española del Mundial marcó un punto de inflexión en cuanto a participantes, modernización y cobertura televisiva, la de Argentina se puede considerar como el punto final de un ciclo. A partir de aquí, el Campeonato del Mundo será muy diferente; se permitirá la participación de los jugadores de la NBA en todas aquellas competiciones organizadas por FIBA y los cambios políticos que se operarán en el Este de Europa configurarán un nuevo mapa mundial con efectos profundos en naciones importantes en el contexto baloncestístico.

Cuando en el mítico Luna Park bonaerense, testigo de la primera edición del Mundial en 1.950, se procedió a entregar las medallas a los triunfadores se cerraba una etapa en una de las máximas competiciones del deporte de la canasta. Ya nada sería igual, sencillamente porque el mundo cambiará de manera radical.

En agosto de 1.990, Argentina recibe a las delegaciones participantes en un clima de efervescencia política. La “apertura” emprendida en la Unión Soviética por Mijail Gorbachov ha provocado grandes convulsiones; Hungría es el primer país del bloque comunista que aprovecha los vientos de libertad para proclamar una república que acaba con el sistema imperante. Polonia sigue sus pasos y la desmembración del régimen comunista culmina el 9 de noviembre de 1.989 con la caída del muro de Berlín, once meses después la unificación alemana será un hecho.

La Unión Soviética no puede quedar inmune a los cambios que ha auspiciado. En 1.990, Lituania, Estonia y Letonia se proclaman repúblicas soberanas, y la ascensión al poder de Boris Yeltsin, un año después, propiciará la desmembración de la Unión Soviética, tras el fracaso en su intento de crear una Confederación de Estados Independientes (CEI).

En Yugoslavia la situación fue mucho más dramática. Las tensiones nacionalistas aumentaron y los afanes independentistas de las diversas repúblicas se conjugan con las divisiones étnicas para desembocar en una guerra, que comenzará en 1.991 con la invasión serbia, primero de Eslovenia y Croacia; más tarde de Bosnia.

El clima de agitación política pasa factura al conjunto de la Unión Soviética,  campeón olímpico en Seúl dos años antes, que padece la renuncia de los jugadores lituanos, solidarios con el deseo de emancipación de su país. Ausentes Sabonis, Marchulonis, Homicius y Kurtinaitis, el conjunto soviético mostrará una pálida imagen de sí mismo. Yugoslavia paliará el problema y conseguirá que sus jugadores participen bajo la misma bandera pese a que en el horizonte se otean los graves problemas que les conducirán a la guerra civil

 

Italia y España fracasan

La experiencia de 24 equipos en España había fracasado a causa del bajo nivel de muchos de los participantes y en Argentina se limitaron los equipos a 16, repartidos en cuatro grupos. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para la fase final que se disputaría en dos grupos por el sistema de liguilla para delimitar los habituales cruces que decidirían los puestos finales; los dos equipos peor clasificados de cada grupo purgarían sus penas en Salta disputando una intrascendente fase de consolación.

Yugoslavia y Venezuela abren fuego en el grupo A, enclavado en la ciudad de Santa Fe, a orillas del río Paraná. La selección balcánica se impone con más apuros de los previstos (92-84) ante un buen conjunto que tiene su máximo puntal en Carl Herrera. Puerto Rico regresa al Mundial con ganas renovadas y buenos argumentos, tras el fiasco que supuso para ellos la temprana eliminación en la edición anterior, y cuentan con un notable juego interior basado en José “Piculín” Ortiz y Ramón Rivas, mientras que Jerome Mincy aporta tiro exterior.

Los portorriqueños se imponen con apuros a Angola (78-75), mejoran frente a Venezuela (88-74) y asisten incrédulos a una vergonzosa actuación de los yugoslavos que no pondrán ningún empeño en ganar en la última jornada -19 puntos anotados en la segunda mitad-, quizá esperando un cruce más tranquilo en las semifinales, aun a costa de caer en un grupo más complicado.

Brasil acude a Rosario con el mismo bloque de los años anteriores con los Oscar, Marcel, Gerson, Israel y compañía, pero enfrente se encuentra Australia, un conjunto en alza que con Andrew Gaze y Luc Longley había obtenido la cuarta plaza en los Juegos de Seúl. Completaban el grupo B, la República Popular China e Italia.

Los italianos se encuentran en plena reconstrucción de su equipo y mermados en el puesto de pívot al causar baja por lesión Magnifico, Costa, Binelli y Rusconi. La presencia de Antonello Riva y de Roberto Brunamonti, su mejor baza, les permite albergar esperanzas, pero los antecedentes vividos en los recientes Juegos de la Amistad disputados en Seattle resultaban muy preocupantes; Australia les había borrado de la cancha con un concluyente 106-78.

Brasileños, australianos e italianos se impusieron sin problemas a China y entablaron una cruenta pelea por las dos plazas en litigio. Brasil tomó ventaja al imponerse a Italia (125-109) una jornada antes de que los transalpinos sorprendieran a los australianos (94-89). Todo parecía decidido a favor de Brasil e Italia pero la reacción de Gaze y los suyos no se hizo esperar: un triunfo frente a Brasil en el último segundo de la última jornada (68-69) les franqueó el pase a la fase final por mejor basket-average.

Estados Unidos había recibido un impacto tremendo tras su derrota en los Juegos Olímpicos de Seúl. Para los norteamericanos, perder en los Mundiales resultaba soportable y casi anecdótico, pero hacerlo en unos Juegos era inadmisible. El hecho de que un equipo con Mitch Richmond, Danny Manning, Stacey Augmon, Dan Majerle y David Robindon en sus filas quedara relegado a la tercera plaza en Seúl había abierto el debate sobre las posibilidades de sus jóvenes talentos ante los expertos yugoslavos y soviéticos. La conclusión generalizada iba en la línea de que las distancias se habían acortado y de que sus jugadores universitarios –que cada vez saltaban antes a la NBA- carecían de la experiencia necesaria ante sus rivales.

En busca de la venganza, los estadounidenses prepararon el mejor equipo posible. A las órdenes del laureado Mike Krzyzewski, entrenador de la Universidad de Kentucky, se presentó en Villa Ballester, a escasos kilómetros de Buenos Aires, un grupo con los mejores talentos de la última hornada universitaria. Alonzo Mourning, Billy Owens, Christian Laetner, Kenny Anderson, Todd Day, Brian Stith, Lee Mayberry… todos grandes jugadores, todos con buenos sueldos millonarios en la NBA pero, también todos con nulo rodaje internacional.

Ese defecto del combinado estadounidense quedó en evidencia a las primeras de cambio contra un equipo griego que si tenía algo bueno era precisamente las tablas de sus hombres. Los griegos sufrían la ausencia de Gallis pero mantenían su carácter y un grupo de buenos jugadores (Fasoulas, Christodoulou, Patavoukas) entorno a su gran capitán, Panagiotis Giannakis. Con esas armas, el conjunto heleno peleó ante Estados Unidos y sólo cedió en la prórroga (103-95) ante la superior capacidad atlética de sus rivales.

Grecia se jugaría su suerte ante España y no defraudó. Giannakis puso en evidencia a un equipo español cuyo seleccionador Antonio Díaz Miguel había perdido el respeto y la credibilidad. La buena “química” que antaño acompañaba al seleccionador y a los jugadores españoles de había perdido tras el Mundial de España 86 y el posterior descalabro en Seúl. Díaz Miguel sólo contaba con el apoyo de los dirigentes; los jugadores y la prensa estaban en su contra. España fracasó frente a Grecia (102-93) e intentó lavar su imagen contra Estados Unidos (95-85) pero tuvo que purgar las culpas de su mal juego en la fase de consolación de Salta.

Una Unión Soviética desconocida, con Tikhonenko y Volkov como hombres más famosos, se presentaba en Córdoba con la vitola de vigente campeón olímpico, mas con una gran parte de su poderío de vacaciones en Lituania. La ausencia de los lituanos sería demasiado importante para ellos aunque no lo notaran en exceso ante los flojos rivales que les cayeron en suerte en la primera fase. Los todavía soviéticos –por poco tiempo- se impusieron a Argentina (97-77), Egipto (102-76) y Canadá (90-81) y se clasificaron para la siguiente ronda junto a los anfitriones, vencedores en su encuentro decisivo frente a Canadá (96-88).

 

Yugoslavia deslumbra

La autoderrota yugoslava ante Puerto Rico deparó dos grupos muy desequilibrados. El primero formado por Puerto Rico, Australia, Estados Unidos y Argentina, cuenta con los estadounidenses como favoritos indiscutibles y una lucha abierta entre el resto para lograr la otra plaza de acceso a las semifinales. El segundo no ofrece un pronóstico claro; Yugoslavia parece muy superior al resto y la URSS debe acompañarla a semifinales, pero tanto Brasil como Grecia son duros de pelar.

Yugoslavia desvanece pronto todas las dudas. El seleccionador para la ocasión es Dusan Ivkovic, que ha aglutinado a todas las grandes estrellas del baloncesto balcánico en una de las últimas ocasiones que jugarán bajo la misma bandera. El serbio Vlade Divac y el croata Drazen Petrovic acuden a la cita pese a los inconvenientes que reciben de sus equipos en la NBA; junto a ellos, Paspalj, Kukoc, Perasovic, Komacek, Savic…forman un conjunto que no encontrará respuesta por parte de ningún rival.

En esta fase final el paseo balcánico hacia el título mundial comienza con un varapalo propinado a Brasil (105-86) maquillado por los 40 puntos de Oscar, insuficientes ante el bloque de Ivkovic, y continúa con la humillación de los soviéticos (100-77). Petrovic apenas jugó por una gripe, pero Kukoc (21 puntos) se encargó de dirigir perfectamente las operaciones con un baloncesto tan práctico como bello.

En la última jornada, Ivkovic dio descanso a sus mejores hombres ante Grecia que “sólo” perdió por una diferencia de diez puntos (77-67). Mientras, los diezmados soviéticos encontraban el rumbo perdido de la mano de Valeri Tikhonenko, quien con sus 38 puntos resultó vital para el triunfo ante Brasil (110-100) que les valdría el pase a semifinales, al haberse impuesto previamente a los helenos con un concluyente 75-57 (23 puntos de Alexander Volkov).

En el otro grupo, las carencias de Estados Unidos se manifiestan de inmediato: a su excesiva juventud unen una gran dependencia de Kenny Anderson y Alonzo Mourning, agudizada tras la lesión de Billy Owens. El base (32 puntos) y el pívot (17 puntos) resultaron decisivos para lograr una agónica victoria contra Argentina (104-100), y salvaron el desastre ante Australia (79-78) después de remontar una diferencia de 13 puntos en siete minutos. Puerto Rico les devolvió a la realidad al vencerles por 81-79 con un excelente “Piculín” Ortiz autor de 22 puntos. La derrota de Estados Unidos rompía las previsiones y propiciaba unas semifinales entre yugoslavos y estadounidenses por un lado y soviéticos y portorriqueños, por otro. Los cálculos yugoslavos se vinieron abajo, contaban con haberse enfrentado a un rival de menor entidad que Estados Unidos en la semifinal para plantarse en la final con un menor desgaste. Vana preocupación, por otra parte, dado el potencial de unos y otros.

El encuentro entre los pupilos de Ivkovic y los de “Mister K” se podía comparar con el de un equipo de la NBA frente a otro universitario. Los yugoslavos cuentan en sus filas con Petrovic, Divac y Paspalj, que han jugado en la NBA esa misma temporada, más Kukoc, dispuesto a dar el salto a Chicago en fechas próximas; los estadounidenses poseen futuro, y varios de ellos triunfarán pronto en la máxima competición profesional, pero ese 18 de agosto todo esto les queda muy lejano.

Sin embargo, los norteamericanos sacan a relucir su orgullo, defienden con tenacidad y Mourning se muestra intratable bajo los tableros (26 puntos). Vanos intentos todos ellos contra un equipo que encuentra en los lanzamientos de tres puntos la panacea que aliviará todos sus males (11 de 19 intentos). Drazen Petrovic (31 puntos, 6 triples) se convirtió en una pesadilla para Kenny Anderson, pero los estadounidenses cayeron con honor (98-91).

La derrota, además de impedirles defender el título conquistado en Madrid cuatro años antes, añadirá argumentos al debate sobre las diferencias entre los noveles estadounidenses y los veteranos del resto del mundo. El desequilibrio finalizará con la decisión norteamericana de acudir a los Juegos de Barcelona con un equipo plagado de estrellas de la NBA: las derrotas de Seúl y Buenos Aires aceleraron el nacimiento del “Dream Team” y sus sucesivas versiones.

La Unión Soviética, en su mejor versión de este campeonato, no tiene problemas para acceder a la final al imponerse a Puerto Rico por un claro (98-82). El equipo dirigido por Vladas Garastas –seleccionador lituano en Barcelona´92- ha adquirido mayor empaque con el paso de los partidos, la mayor aportación de Tikhonenko y la aparición de Bazarevich. Los portorriqueños, excesivamente nerviosos, dilapidan parte del crédito obtenido por su buena trayectoria, pero se retiran al vestuario convencidos de que podían obtener la medalla de bronce.

 

La última bandera

Mientras en Buenos Aires los yugoslavos mostraban su indiscutible candidatura para obtener el título, el pelotón de los torpes intentaba consolarse en Salta inmerso en un marasmo de mala organización, nulos medios y mucha voluntad. Italia demostró que era el mejor en el “Mundial de los desheredados” y España, que no había un equipo con tan mala relación entre sus jugadores y el seleccionador.

El Luna Park bonaerense abrió sus puertas para decidir los puestos definitivos. Argentina no mejoró y cedió ante Australia en la lucha por el séptimo puesto (lejos les quedaba aquel primer Mundial ganado en esa misma cancha); Brasil se aferró a los 44 puntos de Oscar para apuntarse la victoria sobre Grecia (97-94), y el quinto puesto; Estados Unidos necesitó de una prórroga (107-105) y de un Kenny Anderson excelente (34 puntos) para obtener una medalla de bronce que se mereció Puerto Rico.

El fin de fiesta acabó en festín yugoslavo sin que los soviéticos pasaran de interpretar el papel de invitados, espectadores privilegiados de un cursillo acelerado de buen baloncesto impartido por Kukoc, Zdovc, Petrovic, Divac y compañía. El partido quedó resuelto en el primer cuarto (44-22) y solamente la frivolidad de Ivkovic en la reanudación provocó unos minutos de emoción (60-53), rápidamente zanjado por el retorno de los titulares a la cancha. Yugoslavia se impuso (92-75) con tanta autoridad que los jugadores finalizaron rivalizando entre ellos para ver quién sería capaz de realizar la mejor jugada.

Al finalizar el encuentro una imagen quedó grabada para el recuerdo. Técnicos y jugadores yugoslavos se abrazaban bajo una gran bandera yugoslava. En 1.991 comenzaría la guerra de los Balcanes, días antes Yugoslavia había ganado el Europeo de Roma (88-73 a Italia en la final). El esloveno Zdovc se borró literalmente del equipo, se vio obligado a dejar la selección, tras un par de días de competición. La descomposición de Yugoslavia había hallado sus puntos calientes primero en Eslovenia, la tierra de Zdovc, el base fugitivo, como luego iría a Croacia y, más tarde, a Bosnia Herzegovina. Zdovc jugó 25 minutos el primer día del Europeo Roma´91 ante España, 29 minutos el segundo día ante Polonia. Luego recibió órdenes concretas de su país y ya ni siquiera fue inscrito en el acta. Ya no volvió a jugar con Yugoslavia.

El equipo yugoslavo del Campeonato de Europa Roma´91 había de seguir derecho hacia la victoria; un éxito que quizá deberíamos considerar póstumo, porque para entonces ya se sabía que esa nación, cuyo nombre hablaba de eslavos unidos, se estaba rompiendo en pedazos. Aquel grupo de brillantes jugadores, atletas y deportistas, con serbios y croatas, en la mejor de las armonías, se juramentaba tras el nuevo éxito “seguiremos unidos”. Era un hermoso deseo pero no podrían cumplirlo: en torno a ellos había demasiado odio como para que la determinación pudiera llevarse adelante. A partir de entonces, la política dividirá a los miembros de un equipo mágico.

En Argentina 1.990 los máximos anotadores del torneo fueron:

Oscar Schmidt (Brasil) con 284 puntos en 8 partidos jugados (35,5 de media).

Antonello Riva (Italia) con 235 puntos en 8 partidos jugados (29,4 de media).

Panagiotis Giannakis (Grecia) con 205 puntos en 8 partidos (25,6 de media).

 

El árbitro español Vicente Sanchís dirigió 7 encuentros durante el Campeonato, entre ellos la final junto al brasileño Antonio Afini.

 

 

FUNDACIÓN PEDRO FERRÁNDIZ

Centro Internacional de Documentación e Investigación del Baloncesto

Colección "EL BALONCESTO Y SU CULTURA"

HISTORIA DE LOS CAMPEONATOS DEL MUNDO

Mario Hernando y José Luis Ortega

 

 


José María Miguel

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