La humilde opinión, un humilde comentario de un humilde servidor, que vibró como nunca antes lo había hecho ante un televisor. Ante doce chicos que hicieron historia. Quizás más, incluso, de la que hubiesen hecho con otro resultado
Un enorme partido. Las dos mejores selecciones del mundo, ambas cerca del Olimpo de las mejores de la historia, disputaron un encuentro con un ritmo trepidante, increíble, con acciones dignas de jugadores que entrarán en la historia del baloncesto. Si Naismith levantase la cabeza, la volvería a agachar de la emoción y la tristeza. Estos hombres han convertido al baloncesto, hoy, en algo más que un deporte. En una sensación. En un cúmulo de sensaciones. En una vida.
Se antojaba complicado ganar a una selección compuesta por doce jugadores geniales tanto técnica como tácticamente. Además contaban con la motivación extra de lograr el oro tras tanto tiempo sin hacerlo, rememorando así los tiempos del Dream Team de Barcelona ’92. No, sin lugar a dudas no llegan a ese nivel, pero quizás sea por la bendita globalización, por la entrada de jugadores internacionales a una NBA cada vez más mundial, y menos estadounidense. Con rivales como los de los americanos en la cita olímpica española, quizás estaríamos hablando de otro equipo de los sueños. Pero, a pesar de ganar todos sus partidos por más de veinte puntos, los estadounidenses se encontraron en la final ante unos rivales que llegaron a su nivel, y que, quien sabe, podría haberse llevado el oro rigiéndose con las reglas FIBA. Y sí, se supone que los árbitros deberían pitar tomando esas normas con las manos, pero a los estadounidenses se les dejó de señalar varias faltas en defensa, varias infracciones en la zona, y, sobre todo, varios pasos de salida muy, muy cantosos. Pero lo de este veinticuatro de agosto del año dos mil ocho ha sido tan mítico, tan excepcional, que los árbitros ni deberían haber participado. Sí, influyeron, pero quién sabe cómo se hubiese saldado la contienda con un buen arbitraje. Lo que pudo haber sido, no fue.
Lo sangrante del arbitraje -que sí, sabíamos que iba a ser así- es que ha sido a mano de Brazauskas. Un colegiado famoso por su mano de hierro en la gran competición de Europa, la Euroliga, donde ha llegado a desquiciar a varios equipos señalando infracciones que sólo él veía. Habrá que esperar a ver el recibimiento que se lleva en los pabellones españoles. Aunque bueno, ya nos lo imaginábamos tras ver a LaMonica haciendo la vista gorda a pasos realmente visibles -sí, LaMonica sin pitar pasos de salida, qué cosas- en las semifinales que enfrentaron a estadounidenses con argentinos –que finalmente se llevan el bronce subiendo nuevamente al podio de una gran cita internacional. Qué pundonor, qué garra-. Cuando el amigo Luigi ve pasos en Euroliga hasta de jugadores que están en el banquillo. Pero bueno, no vayamos a meternos con los colegiados, que al menos tuvieron la decencia de no negar las quejas de Aíto y compañía cuando les pedían pasos. Sus rostros reflejaban un ''Sí bueno, tú los has visto, yo los he visto, todo el mundo los ha visto... es suficiente, ¿no?''. Bueno, tendremos que imaginar que sí, que lo es.
Y el otro mal sabor de boca que queda, lejos de haber perdido ante una grandiosa selección en un encuentro que será recordado por muchísimos, muchísimos años, es que la ignorancia seguirá siendo igual. ''Es que son negros'', o ''es que son americanos'', o ''es que son de la NBA'', típica excusa de un poco entendido que ponía cada vez que Estados Unidos ganaba a sus rivales. Y aún siendo por 11 puntos, hoy me he topado con comentarios cercanos como el de ''al menos les plantamos cara'', o un símil suyo que quizás sea algo peor y más denigrante: ''por lo menos no nos pegaron una paliza''. Que cada cual vaya con quien quiera. Este es un mundo libre, un país libre, y un individuo puede tener el derecho de decidir lo que desee. Pero que quede claro que Estados Unidos es batible, y hoy ha quedado demostrado. Lástima que aquellos ignorantes del baloncesto -es decir, un escalón más abajo incluso de mi desconocimiento- sigan adulando a unos tipos que para ellos deben mear colonia, cuando, aún con un claro favorecimiento en el arbitraje, las han pasado canutas contra un equipo que jugó muchos minutos sin base, y cuando lo hizo fue con un chavalín de 17 años.
Hoy se ha escrito historia, y millones y millones de personas han sido testigos. Han visto que la mejor Estados Unidos posible, jugando a tope y esforzándose sobrehumanamente han ganado apuradamente a una simple selección europea con algún que otro NBA en su plantilla. Y olvidémonos de los árbitros. Y olvidémonos de qué hubiese ocurrido. Y olvidémonos de algunos gestos deleznables. Simplemente, recordemos que un chaval de diecisiete años fue el base de un subcampeón olímpico y plantó cara a los mejores bases. Recordemos que un escolta espigado mató sobre uno de los seres humanos más enormes que han visto los ojos de una persona. Recordemos que hicimos temblar a un equipo que parecía imbatible. Cómo quedó demostrado todo ello en las gradas del Wukesong, que tan cerca del sueño, apoyó a David ante Goliat. Terminó en una derrota que dejó contentos a todos. A los americanos, que volvieron a su trono olímpico y mundial, y a los españoles, que demostró ser el equipo más compacto del momento, quizás de la historia.
Uno de los mejores partidos de la historia del baloncesto. Algunos dirán del baloncesto FIBA, pero sería algo confuso para el que viese el encuentro y viese el rasero NBA con el que se ha pitado a los estadounidenses. Algunos dirán de la historia de España y sin duda es cierto. Pero de lo que no queda duda alguna, algo que es verdad y real, es que ha sido un encuentro que ha mostrado a toda la población mundial, que el baloncesto es ese algo más que falta para la satisfacción total. Que resulta ser más que un deporte siendo en el sentido más positivo posible.
Muchísimas gracias a esos doce tipos y al cuerpo técnico. Hoy, de verdad, me han hecho sentir feliz con una derrota, algo que no muchas personas pueden decir. Cuando una derrota sabe a victoria. Asombroso.