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El sueño de las medallas se esfumó cuando menos se esperaba |
FOTO: Reuters |
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Cuesta despertarse, pero después de un bonito y precioso sueño la realidad amarga es lo que queda. Casi tocamos el cielo con las manos, pero alguien desde abajo explotó el globo que nos llevaba a la gloria y caímos con estrépito. Con dolor. Y todo se hizo un mar de lágrimas. Cuesta dejar de soñar así, tan de repente, casi sin darnos cuenta, pero así es la vida. Mejor dicho, no quiero equivocarme: así es el deporte.
Dicen que la vida no se mide por inspiraciones, sino por los momentos que te han dejado sin respiración. Esos momentos son los que al final se quedan. Primero fue el Preolímpico, saldado con éxito y su posterior celebración en la lujosa noche madrileña. Luego llegaron los partidos preparatorios que, aunque con algún que otro sobresalto, se saldaron con tranquilidad. Después vino lo bueno, lo que realmente nos hacía soñar con una sonrisa en los labios en la más profunda oscuridad de la noche. Llegaba China. Llegaba Pekín. Llegaban los ansiados Juegos Olímpicos.
Primero caímos, pero la vida tampoco se mide por lo que has logrado, sino por los obtáculos que has tenido que superar. Al menos yo soy de esos, de los que ven el vaso medio lleno y prefiero no tirar la toalla antes de tiempo. Luego, tras la deblace china, vino el subidón neozelandés, el atracón de dulces checos, la sonrisa ante las americanas y el descanso merecido ante Malí. Tras llegar a cuartos, el objetivo estaba cumplido. Y yo, en el transcurso de esos instantes, perdí la respiración durante muchos momentos.
Y eso es lo que mucha gente olvida, que los cuartos de final eran el objetivo marcado por esta selección femenina de baloncesto, aunque es cierto, y si dijera lo contrario mentiría y estaría traicionando a mi corazón, que duele de verdad, y mucho, haber tenido tan cerca el firmamento y encontrarme ahora con los pies en la tierra observando cómo se fue el sueño entre las nubes. Rusia estuvo a punto de caer. El imperio ruso estuvo vencido durante más de medio partido, pero no quisimos creer que era realidad. Sólo nos dejamos llevar por el momento, cerramos los ojos y nos dijimos a nosotros mismos: “Es un sueño lo que vamos a conseguir”. Una vez más la ficción superaba a la realidad, era un partido entre David contra Goliat. El gigante era vencido por el pequeño. Sueños, sueños, y más sueños.
Cuando se consumaba la caída no pude evitar pensar en qué se había fallado, qué se había hecho mal, pero lejos de críticas gratuitas, lejos de caer en el orgullo malherido y culpar a quien no se lo merece, mi pasión por este deporte me hizo ver la claridad. Una americana vestida de rusa –¡quién lo iba a decir!– fue la encargada de pinchar nuestro globo, ella fue la que desvaneció nuestras ilusiones, ella fue quien de un susto provocó que se diluyera el sueño. ¡Con el coraje que da estar soñando algo tan bonito y precioso y que de buenas a primeras, sin quererlo y sin saber por qué, despiertes sobresaltado! Cuando quieres volver a dormir y seguir soñando ya es demasiado tarde. El sueño se esfumó...
De todos modos, aún me quedan muchas noches en las que soñar, y seguro que no tendré que esperar mucho tiempo para volver a vivir unos Juegos pegado al televisor. Y me volverá a dar igual trasnochar o madrugar, o perderme la siesta. Sólo estaré deseando, una vez más, ver brillar doce estrellas en la noche o doce soles en el día. Hasta entonces... seguiré soñando.
Gracias, chicas, por todo lo que nos habéis dado durante estos días. Gracias de corazón.
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