Y por la noche dormí algo mejor, aunque de nuevo con algunos problemas por la cantidad de ruidos.
Ya estábamos en el ecuador de nuestro Camino, y nos faltaban las etapas más duras y difíciles.
Se me ha olvidado comentar que, al final del tercer día, de nuevo mi bici me dio un disgusto, y es que no podía poner el primer plato, un gran inconveniente cuando nos enfrentábamos a una subida larga. Tuve que montar con el segundo plato, acabando muy, muy cansado, pero, al menos, consiguiendo llegar.
Tras esos kilómetros vespertinos, nos esperaba una bajada con mayúsculas. Un total de 10 kilómetros en los que el mayor esfuerzo físico que había que hacer era el de frenar casi continuamente. Sin embargo sí que había que estar muy concentrado, ya que la velocidad era alta y estábamos en una carretera, por suerte no muy transitada.
Hay en esta bajada otra anécdota, por suerte con final feliz. Yo debía de llevar un bolsillo de la alforja algo abierto. Al llegar abajo, paramos a ver lo que nos quedaba de etapa. Un hombre llegó poco después, preguntándonos si alguno habíamos perdido un móvil. Estuve sin teléfono durante 10 kilómetros, y sin saberlo, ni comerlo ni beberlo, lo recuperé. Cosas del Camino.
El resto de la etapa fue tranquila. Lo mejor fue que en Ponferrada pude arreglar mi bici. Un señor algo mayor necesitó apenas 2 minutos para dejarla a punto. A partir de él no tuve ningún problema. Hicimos noche en Vega de Valcarce, llegando, por fin, a lo que iba a ser la parte más dura, la subida del O Cebreiro. 10 kilómetros en los que teníamos que subir 700 metros. Íbamos a estar horas subiendo. Para mí, el principio fue lo más duro. Tenía el plato y el piñón en el 1, y estuve muy cerca muchas veces de bajarme de la bici. Un poco más adelante, dos italianos iban charlando tranquilamente.
Se me hizo eterna la subida, con alguna tentación más de abandonar, pero no lo hice. Y coronar sin haberme bajado me hizo sentir orgulloso. Nos hicimos las fotos de rigor, admiramos lo que habíamos subido, y nos mentalizamos que aún quedaba una etapa dura.
Y así fue, no todo acababa en el O Cebreiro. Tuvimos que realizar bastantes subidas más a lo largo de ese día, si bien ninguna tan larga. Llegamos cerca de las cinco de la tarde a Portomarín. Me gustó mucho ese lugar, por donde caminamos, tomamos algo y descansamos.
Nos quedaban poco más de 90 kilómetros, y aunque teníamos pensado llegar a Santiago en dos días, decidimos que según fuera la mañana podríamos llegar al día siguiente. Además, debido a la cantidad e intensidad de las subidas, los últimos días apenas habíamos ido por el Camino, más bien por la Carretera de Santiago, así que nos dijimos que ese día no abandonaríamos el recorrido oficial.
Y no lo hicimos, y, aunque terminamos muertos de cansancio y de calor, nos gustaron mucho los paisajes que atravesamos.
Llegamos a la Catedral pasadas las seis de la tarde. Para nosotros era algo nuevo e importante. Para todos los santiagueños era el pan de cada día. Dimos una vuelta a la catedral con la bici, nos hicimos fotos, cogimos la Compostela… Y sí, también nos paramos a pensar un momento sobre lo que habíamos vivido.
Y yo pensé en el Camino y en todo lo que significa, y me vino a la mente la canción de Joan Manuel Serrat en la que toma prestados versos de Antonio Machado: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante, no hay camino, si no estelas en la mar”.
Perfecto, ¿verdad? También un poco triste, claro. Pero bello y real. Pensé en muchas cosas más mientras me asombraba con la Catedral, sabiendo que al año que viene regresaría.
Ha sido una experiencia muy interesante. Me ha gustado el cansancio que he sentido, el viento en mi cara en las bajadas y ver gente que solo pensaba en dar el siguiente paso.
Por ello, animo a todo el mundo a que realice el Camino de Santiago. Y ánimo a todos los que lo van a realizar próximamente.
¡Un saludo y feliz verano!
A enCanchear !!