Hola a todos.
En este primer artículo de lo que pasará a ser algo así como mi blog (¡qué bien suena!), voy a contaros los momentos previos y posteriores de mi traslado, allá por septiembre de 2009, de Madrid a Huesca.
Tras un verano muy parado y en el que me veía casi, casi, casi, fuera de las ligas Leb (tras la desaparición de la Leb bronce, y la semi-extinción del equipo en el que milite la temporada pasado, el C.B. Navalcarnero), una mañana me llamó mi actual entrenador, Ángel Navarro, quien me contó su proyecto y su deseo de contar conmigo. No me lo pensé ni un instante. Acepté, y acto seguido me metí en Internet a buscar pisos. Yo estaba solo en Madrid, preparando los exámenes de Septiembre, mientras que el resto de mi familia seguía de vacaciones en la playa.
La llamada tuvo lugar el martes, y el viernes ya tenía todo preparado para trasladarme a Huesca, para ser sinceros, una ciudad de la que no tenía mucha idea. Era la primera vez que me iba a vivir fuera, y aunque siempre había sabido que el baloncesto me daría esa oportunidad, tuve sentimientos encontrados al hacer las maletas, al meter todo en el coche, y al dejar atrás mi portal. Tardé poco más de tres horas en llegar. Mis padres viajaron ese mismo día con mi sobrino a Huesca desde la playa para ayudarme con el piso, a instalarme, a, en definitiva, dejarme todo preparado para que el principio de aquella experiencia me fuera más fácil.
Ellos tardaron una hora más que yo, hora que aproveché para dar mi primer paseo, para empezar a conocer la que sería mi ciudad y para llamar a algunas personas que tenía pendiente e informarles de mi situación. Fue una tarde larga, de mucho caminar, y de, en mi caso, no saber realmente qué buscaba en un piso. Vimos cuatro ó cinco, pero fue el último el que me gustó. Un poco a las afueras, aunque aquí todo está cerca de todo, como me dijeron, con fácil aparcamiento, un supermercado al lado. ¿Qué más quería?.
No pude dormir allí esa noche, fuimos a un hotel que trabaja con el club y que nos había recomendado mi nuevo presidente, al que había conocido horas antes por casualidad. La mañana siguiente fue también muy larga. La pasamos casi toda en un supermercado comprando todo lo necesario. Comida, sí, pero también toallas, una plancha con su tabla, y demás artículos que, habiendo vivido siempre en casa, no sabía que existían.
Mis familiares se fueron poco después de comer, y hasta ese momento no fui consciente de lo que estaba viviendo, de lo que iba a vivir. Puse la radio y empecé a colocar todas mis cosas en lo que sería, a partir de entonces, mi nueva casa. La aventura comenzaba, hogar dulce hogar.