2013

19

Septiembre

23:15

Dani Alento

NCAA: ¿Deben cobrar los deportistas universitarios?

Johnny Manziel, quarterback de la Universidad de Texas A&M, ha sido portada de la revista Time en agosto. Y no por sus indiscutibles méritos como jugador de fútbol americano, sino por reabrir el debate sobre si los jugadores universitarios deben cobrar o no por jugar.

Multitud de deportistas universitarios estampan su firma en fotos, revistas u otros soportes. Manziel firmó cientos de autógrafos en enero. El problema es que no lo hizo para cientos de aficionados, sino para profesionales de la venta de este tipo de material que en muchos casos acaba subastado via internet, con pingües beneficios para el subastador. Existe un amplio mercado en los Estados Unidos para los recuerdos personalizados de estrellas deportivas

Al quarterback se le acusó de haber querido coger su parte de pastel y cobrar por su firma, violando la regla 12.5.2.1 de la NCAA que prohibe a los atletas estudiantes personalizar productos con sus nombres, firmas o apodos aunque no se beneficien de ello. La NCAA no encontró pruebas concluyentes de que hubiera percibido cifra alguna, pero el debate ya estaba abierto de nuevo.

Cada temporada se investiga a deportistas sospechosos de recibir dinero de forma no autorizada. En algunos casos, por no poder justificar los gastos en sus visitas a las diferentes universidades durante su proceso de reclutamiento. En otros, por recibir sesiones privadas de entrenamiento mientras tantean sus opciones de dar el salto a profesionales (Mick Kabongo, Texas). Y en otros, por recibir regalos demasiado suntuosos (Shabazz Muhammad, UCLA). La relación con los representantes está muy limitada bajo la reglamentación NCAA.

Una lluvia de dinero para las Universidades

Y mientras los jugadores no pueden ni acercarse al dinero sin correr el peligro de quemarse los dedos, millones de dólares vuelan a su alrededor. Un ejemplo lo hemos tenido este verano en la conferencia Big East, que ha explotado tras el abandono de la misma de sus 7 universidades católicas (Providence, Georgetown, Saint John’s, Villanova, Marquette, Seton Hall y De Paul).  Las 7 en las que el baloncesto es más importante que el futbol americano.

Tras unírseles también Butler, Creighton y Xavier, procedentes de otras conferencias,  se han acabado quedando con el nombre original de la conferencia (la antigua Big East ahora es la American Athletic Conference).Y han firmado un lucrativo contrato de televisión con la Fox para retransmitir los próximos 12 años sus partidos, que les asegura unos 500 millones de dólares a repartir entre los 10 centros educativos. Una cantidad que no hubieran conseguido de seguir en su vieja conferencia.

Pero esta cifra es una minucia comparado con lo que pagan la CBS y Turner Sports por retransmitir los torneos de todos los deportes que organiza la NCAA. El contrato, firmado el 2010 y con una validez de 14 años supone un montante total de 10.400 millones de dólares (en euros sigue siendo una burrada). Desglosada, la aportación anual de estas televisiones supone más del 80% de los ingresos del organismo que rige el deporte universitario norteamericano.

No todas las universidades ganan dinero al final de temporada. Lo cual no es una prueba de que ingresen poco por su actividad deportiva, sino del tamaño y coste de la estructura que han montado a su alrededor. Y es que además de beneficios económicos, buscan notoriedad con la que atraer más alumnos, un cebo para conseguir donativos, y un lazo emocional con el que mantener ligados a sus principales contribuyentes que no son otros que sus exalumnos

Entrenadores bien pagados

El dinero no es algo que los jugadores puedan percibir solamente en los despachos de la Universidad. Llega hasta el mismo parquet, a los sueldos de sus entrenadores. En la temporada 2011-12, 6 entrenadores de los 68 presentes en el “March Madness” cobraron más de 3 millones de dólares: John Calipari (Kentucky) 5.387.978, Rick Pitino (Louisville) 4.812.769, Mike Krzyzewski (Duke) 4.699.750, Billy Donovan (Florida) 3.639.800, Bill Self (Kansas) 3.633.657, y Tom Izzo (Michigan State)  3.598.700.

Otros 9 técnicos más pasaron de los 2 millones: Thad Matta (Ohio State), 2.854.000, Buzz Williams (Marquette) 2.834.685, Jim Calhoun (Connecticut) 2.700.000, Rick Barnes (Texas) 2.400.000, Matt Painter (Purdue) 2.325.000, Tom Crean (Indiana) 2.240.000, John Beilein (Michigan) 2.225.930, Bo Ryan (Wisconsin) 2.175.312, y Bob Huggins (West Virginia) 2.015.000. También los hubo más modestos, como Sean Woods (Mississippi Valley State) y sus 87.500 dólares.

Billy Donovan, entrenador de Florida (y dos veces campeón de la NCAA con Joakim Noah, Al Horford, Corey Brewer y el exACB Taurean Green), ha expresado algunas ideas interesantes sobre la relación entre estos deportistas y el dinero. “Hay un sentimiento en muchas familias que ven grandes departamentos atléticos, estadios llenos, mientras que a los chicos se les dice que no pueden aceptar una comida gratis, que no pueden coger nada. Para estos jóvenes, muchas veces es difícil encajarlo”. Una de las claves para Donovan es la procedencia social de muchos de los jugadores universitarios.

Habituados a vivir con privaciones desde la infancia, “es muy difícil para ellos renunciar a estos ingresos, sabiendo como saben que van a tener tanto dinero que no van a necesitar una beca. Se podrán pagar los estudios ellos mismos. Son conscientes de que tienen una esperanza de vida atlética para jugar a baloncesto”. Y que después de graduarse no tienen oportunidad de conseguir un trabajo en su campo si se marchan a jugar al extranjero.”La idea de los chicos, actualmente es que sólo tienen un tiempo determinado para jugar a baloncesto, pero toda la vida para graduarse. Siempre pueden volver a estudiar”.

En mayo John Calipari, entrenador de Kentucky, se quejo de que la NCAA no obligase a los atletas a permanecer al menos dos años en la Universidad. Extrañan estas palabras en un técnico que últimamente se ha hecho un nombre trabajando con jugadores “one and done” (aquellos que todos saben que sólo jugaran una temporada como universitarios antes de dar el salto a profesionales).  “Tenemos que cambiarlo de alguna forma. Tenemos que animar a estos chicos a estar dos años”. El técnico de Kentucky no aclaró como “animar” a los jugadores, pero no descartó la idea de abandonar la organización universitaria y crear otra competición al margen (la idea de una superdivisión hace tiempo que flota en el ambiente).

La NCAA a la busqueda de soluciones

A estas fugaces estrellas universitarias la formación académica les es absolutamente igual. Simplemente pasan un año a la espera de alcanzar la edad mínima para jugar en la NBA. No eligen el centro que les ofrece un mejor programa estudiantil, sino aquel equipo en que creen que pueden destacar más, sea individualmente o formando parte de un bloque ganador. No es este el caso, sin embargo, de jóvenes no tan dotados para el deporte como para ganarse la vida profesionalmente, pero si lo suficiente como para obtener una beca que les permita cursar unos estudios a los cuales no tendrían acceso.

El presidente de la NCAA ha intentado cerrar el debate antes de que la cosa pase a mayores. “Hay pocos miembros, y ningún presidente de universidad, que piense que sea buena idea convertir a los estudiantes-atletas en empleados a sueldo. Literalmente, en profesionales”, fueron las palabras de Mark Emmert, quien de todas maneras no cerró las puertas a cambios sobre el asunto.

Para Emmert, una via sería dar a los jóvenes la opción de hacerse profesionales al salir del instituto (aunque no en la NBA, cuya reglamentación no lo permite). En caso de elegir ir a la Universidad, deberían permanecer en ella al menos 3 años. Otra posible solución sería permitir a los centros asignar una cantidad a sus estudiantes para hacer frente a los gastos que no cubren sus becas, tales como ropa, viajes o comidas con sus amigos (algunas universidades pequeñas son contrarias a esta propuesta).

La NCAA espera recoger propuestas a lo largo de esta temporada, para poder tomar alguna determinación en su reunión del próximo mes de abril. Mientras tanto, los atletas universitarios seguirán con sus becas que les cubren estudios, alojamiento y alimentación, libros gratis, preferencia a la hora de elegir clases, tutores privados, servicio médico y entrenador que cuidan su salud y un amplio surtido de material deportivo. El coste de todo esto varía según la universidad, pero puede llegar hasta los 60.000 dólares anuales. ¿Es un trato justo?

 


@danielalentomor

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