Cuesta despertarse, pero después de un bonito y precioso sueño la realidad amarga es lo que queda. Casi tocamos el cielo con las manos, pero alguien desde abajo explotó el globo que nos llevaba a la gloria y caímos con estrépito. Con dolor. Y todo se hizo un mar de lágrimas. Cuesta dejar de soñar así, tan de repente, casi sin darnos cuenta, pero así es la vida. Mejor dicho, no quiero equivocarme: así es el deporte.