Antes de que los insultos hacia mi persona inunden el ciberespacio, me explico. Si obviamos la estratosférica final ante los genios USA (el mejor partido que este redactor ha visto en sus 31 años de vida), España se plantó en el partido por el oro sin brillo. Sólo la enorme calidad de una generación irrepetible bastó para cumplir el pronóstico y reeditar la final que todos esperábamos. El tramo medio de la competición, con los partidos ante Gran Bretaña, Rusia y Brasil, es el perfecto ejemplo de la sensación de “caraja” que la Selección española transmitió.
Se puede morir de éxito, y a España le faltó poco. La actitud se resentía y los brazos caían. Que el mejor recuerdo baloncestístico de estos Juegos Olímpicos, dejando la finalísima a un lado, sea la furibunda reacción de la Selección Española cuando “Espartaco” Reyes saltó a la cancha en el tercer cuarto de las semis frente a Rusia (dos puntos para el cordobés), dice mucho de la discreta impresión del equipo ha dejado en estos 17 días de éxtasis deportivo en Londres. Insistimos, los cuarenta minutos de la final, de la preciosa e irrepetible final, taparán para la posteridad lo acaecido en los doscientos ochenta minutos previos.
@ivanrm81